agosto 11, 2009

La triste historia de Pedrito

Pedrito buscaba su comida a mis pies. Quizá relaciona a una figura como la mía con alimento, con desperdicios que él puede aprovechar. El caso es que había encontrado un buen trozo de quién sabes qué cosa asquerosa, y se disponía a comerlo.

Pedrito se mueve dando diminutos brincos con sus dos extremidades juntas, parece un canguro miniatura. Así merodeaba a mi alrededor, con movimientos veloces pero precavidos, como los de un sirviente que no quiere enfadar a su señor.

Yo estaba sentado con la pierna cruzada, observando cómo Pedrito miraba para todos lados cuidándose que nadie lo sorprendiera, y cuidando que yo no tratara de hacerle daño. Luego, con una serie rápida de pequeños saltos se acercó a la inmundicia que pretendía comer. Más rápida aun fue su retirada. Apenas le dio un picotazo al trozo, ni lo saboreó, cuando ya estaba de regreso en su puesto inicial, a una distancia segura de mí. Sólo me estaba calando, viendo mi reacción. Entonces hubiera huido con una sola sacudida de mi brazo, pero por supuesto no hice nada, sólo me le quedé mirando.

Su cabeza no paraba de moverse, cuidando todos los rincones. Así arremetió por segunda vez, siempre impulsado por una ráfaga fugaz de saltos, con sus piernitas juntas. Ya con más confianza dio tres o cuatro picotazos. Desmembró un pedazo y lo ingirió mientras de nuevo se alejaba del alimento y de mí. Supongo que le gustó porque atacó dos veces más. A la tercera se animó y se llevó a una distancia segura el trozo entero. Me miraba, aun temiendo que lo atacara.
Se veía contento. Picando casi con desesperación su comida. Mirando para todos lados. Saltando alrededor del trozo. Comía muy alegre cuando otro de su especie llegó volando. Quizá era su amigo porque ambos compartieron la comida. Al fondo se acercaba, empujando su cabeza con cada paso, un enorme palomo. Pedrito y su amigo lo miraron. Incidentalmente, como cuando te dejan con la mano extendida en un saludo que nunca llegó, el palomo cambió de rumbo desviándose a un costado. Los compañeros siguieron comiendo, ayudándose para desmembrar pequeñas partes del trozo entero. Comían tan contentos.

Pero no les duró mucho el gusto. Del cielo llegó un malvado que en la cabeza estaba teñido de rojo. Pedrito y su amigo compartieron muy familiarmente su comida, que era suficiente para los tres o incluso para un cuarto. El rojo probó la inmundicia y le gustó. Tomó el trozo entre su pico y brincó un par de veces (él también se movía con pequeños saltos), dando la espalda a los amigos.
Ellos parecieron no entender lo que pasaba, así que ambos brincaron hasta llegar al alimento. Picaron una sola vez y el rojo, indispuesto a sufrir otra interrupción, tomó de nuevo el trozo y se fue, agitando sus alas grises y negras, muy lejos de Pedrito, que se quedó tristísimo por perder su alimento, mientras su amigo emprendía el vuelo tras el ladrón y se perdía entre los matorrales.

Resignado, y sin olvidarse de mí, del peligro que alguien de mi tamaño le representa, Pedrito peinó la zona en busca de más alimento. Una miga de pan aquí, un trozo de fritura allá, pero nada como ese trozo de inmundicia que tanto le había gustado. Continuó merodeando, a mi alrededor, cabizbajo y con su plumaje más gris que hace cinco minutos.

agosto 04, 2009

El efecto de la luz artificial

El efecto de la luz artificial resulta hipnótico. La continuidad de los hechos hace que todo resbale casi previsiblemente. Justo ahora, en el momento en el que Manuel está por besas a Denise, llega el exesposo, corta cartucho mirando la mano de Manuel que tiene tres dedos abajo de la cintura de ella, que usa ese vestido negro que desde siempre le ha entallado a la perfección. Ellos giran en redondo al escuchar el chasquido del arma y miran con unos ojos así de grandes.
Ya se sabe lo que pasará, piensa José, resulta casi fastidioso y absurdo comprobarlo. Pero ya ha pagado las entradas y el paquete de palomitas grandes con nachos y refresco de cola. En otras circunstancias pensaría en abandonar la sala, pero la mira, está con ella, está a su lado, la chica del 401, la que siempre le ha gustado. Y parece que ella disfruta de la función, disfruta pensar que es Denise, así de liviana, con esa elegante sencillez. Imagina que tiene su cintura, su figura torneada por el maestro supremo en una tez de marfil, y que dos hombres apuestos mueren por ella. Casi suspira del anhelo.
Alexander, el millonario, mira con desprecio a su hasta entonces amigo. Manuel hace una mueca y dice algo que se entiende no como una disculpa, no como si lo lamentara, ni si quiera como si sintiera vergüenza, más bien suena a justificación, a exhumar el recuerdo de cuando Alexander la abandonó, y luego le dijo a Manuel que la odiaba, y luego Manuel fue a ese bar del Paseo Luz donde se encontró a Denise, y bebieron toda la noche sin siquiera rozarse las manos. Desde entonces una suerte de azares y atinos los atrapó, los fue cercando hasta esa noche, hasta esa fiesta y hasta ese balcón, pero nunca ha pasado nada, te lo juro Alexander, este iba a ser nuestro primer… Entonces ella interviene, no es algo que buscáramos, Alex, por favor, seamos civilizados, siempre lo has dicho, dice.
José tornea los ojos, pensando en lo absurdo que resultan los diálogos y que si él fuera millonario les daría la bendición, es más, sería padrino en la boda y luego conseguiría a alguien mejor, seguro que las hay. ¿Qué, dijiste algo?, pregunta Brenda sin dejar de ver la pantalla. Alexander camina lento, el arma empuñada, así que quieren hablar ¿eh? Que si quieres un pay, responde José. Creo que es lo más sensato. No, gracias, aun quedan palomitas. Bien, adelante, empiecen a hablar, y Alexander baja el arma. Ellos se relajan. Brenda también se relaja y se hunde de nuevo en el asiento rojo. Entonces José se le queda viendo, estuvo tan tensa que hasta a él le dolieron los hombros. Debe ser de las que todas las noches miran las telenovelas y se enojan por los sinsentidos que comenten a cada instante los personajes. Seguramente piensa que se va a casar con un millonario o que ganará la lotería en cualquier instante. Como por inercia, inconsciente y resbaladizamente, mira de nuevo la pantalla del cine Real: de manera inexplicable Alexander ya está recargado en una esquina del amplio barandal de piedra, con la negrura de la ciudad a sus espaladas. Frente a él están ellos, sus bebidas en el barandal, una enorme maceta atrás y el luminoso ventanal, que da al interior de la fiesta, a un costado. Se hace un silencio prominente, augurio de que todo está por caer como fruta madura. José casi bosteza, esperando los balazos. Desde el fondo llega Lover man, tambaleándose entre altos y bajos. Desde ahora José presta una atención de brujo, como si hubiera sido picado por una mosca. Con el jazz de fondo, la película le parece más en blanco y negro que antes. Está al filo del asiento, expectante. A Brenda se le ha dibujado la sonrisa de quien espera recibir un regalo.
Suave, sin esfuerzo, con la seguridad de quien conoce a su mujer desde toda la vida, José le toma la mano a Brenda, quien no se perturba, sino que, acto reflejo, afloja los dedos para que los de él embonen en los suyos. Un movimiento maestro, delicado y preciso, perfeccionado por siglos, que culmina con el mismo sentimiento de quien coloca la última pieza del rompecabezas.
Para José es la confirmación de que va por buen camino. Aun así su corazón cabalga con fuerza. Las manos de Brenda son muy suaves y frescas. Dan ganas de besarlas.
Alexander desliza delicadamente su mano por debajo de la solapa, saca un cilindro negro de la bolsa interna mientras Denise y Manuel se enredan en una explicación confusa. José frunce el seño, algo anda mal en las tomas, los encuadres son muy rígidos, torpes, como si las cámaras estuvieran sin saber que precisamente ahí se desarrollaría la escena. El cilindro negreo resulta un silenciador que ahora Alexander atornilla al arma. Ellos lo miran con susto, pálidos. Ahora la escena se desarrolla desde una visión poco convencional, pero que favorece al sentimiento de angustia: en primer plano están las espaldas oscuras de Denise y Manuel, obstruyendo casi toda la pantalla y dejando una rendija en forma de “v” al centro, por donde se ven, al fondo, las acciones de Alexander.
Espera Alex, qué haces, tú no eres así, dice Denise. Pero parece que él no ha escuchado, alza el arma, apunta aparentemente al pecho de su viejo amigo. No se ve el rostro de Manuel, quien no dice nada. Luego, con un movimiento lento pero firme, desliza un poco el arma y apunta directamente hacia la cámara, es decir hacia la “v” que forman las espaldas. Se escucha el chiflido del disparo, un impacto seco y todo se va a negros. Se oyen tres disparos más. Luego una voz desconocida dice: “Éste desgraciado”.
Brenda parece consternada, no entiende lo que ocurre, se acalora, suelta la mano de José, quien ya ni parpadea porque quiere entender qué pasa, qué juego broma les ha jugado el cineasta. Una última escena en blanco y negro. Otra vez la cámara fija, ningún travel, no dolly ni crane, si a caso un tilt o un paneo pero de movimientos torpes, robotizados. Se ve la maceta rota por una orilla, la tierra desparramada, una videocámara quebrada. Se ven los rostros pálidos de Denise y Manuel. Es casi una fotografía fija. Entonces todo se aclara cuando la toma se va como separando de sí misma hasta que se aleja por completo y ahora, en la enorme pantalla del cine Real, se observa un panel de pequeños televisores, es un panel de vigilancia. Cuatro de los monitores están oscuros, sin imagen. Se entiende que son los que ha destruido Alexander.
¡Dónde están! ¡Quiero verlos!, dice la misma voz extraña de hace rato. Aparece a cuadro un tipo malencarado, de seño fruncido, con barba y fumando un puro. Se nota el rojo de su bello facial, los café del habano y el dorado de su reloj. Claro, reflexiona José, la parte en blanco y negro eran las cámaras de vigilancia. El empleado tranquiliza al jefe diciéndole que los verán cuando entren de nuevo a la fiesta. Mientras tanto, Brenda está decepcionada, una linda historia de amor se ha convertido en una película de espías. Su mente se distrae, pierde la continuidad de la trama mirando a José.
No es guapo, siempre trae la misma ropa y su mirada a veces es incómoda, muy analítica, como buscando el error, la incongruencia en todo lo que lo rodea, incluida una, piensa. Seguramente es de los que ven documentales y películas desconocidas. Qué flojera, no volveré a salir con él. Los tres: Denise, Manuel y Alexander escapan de la fiesta, roban un Mercedes-Benz y corren por una autopista que va cuesta arriba. Ni me pela, se dice indignadísima Brenda, prefiere las persecuciones estúpidas, como todos. José sostiene su barbilla con una mano. Ahora dos carros persiguen a los que huyen, disparando sin atinar. Pero ya verá como sí me hace caso. Llegan a un poblado de calles estrechas y empedradas, con fuentes y jardines, muy europeo; Alexander maniobra y logra escabullirse de sus perseguidores. Brenda cruza la pierna de forma muy llamativa, dejando que la abertura de su falda permita ver su muslo. José, sin dejar de ver la película se echa para atrás y se hunde de nuevo en el asiento. En una casa humilde ya los esperaban. Bajan deprisa y alguien más se lleva el auto. Entran por una puerta falsa. Desde esa posición mira mejor, realmente tiene piernas bonitas. Ella se da cuenta que está mirando y sabe que no será difícil continuar.
Qué piernas tiene, carajo, pero qué puta se ve así. Parece un niño mocoso, quiere pero no sabe cómo. Sendos pensamientos. Alexander les explica lo que puede: la amenaza a su persona, el artefacto tan preciado que tiene Manuel sin saberlo, el riesgo que corría Denise si permanecía con él. ¿Eso es amor?, pregunta tiernamente Brenda, acercándose al rostro de José para no hablar muy fuerte. No lo sé, en todo caso no le tuvo la confianza desde el inicio, y no creo que exista el amor sin confianza. Ella, sin responder, se recargó en el hombro de él. Qué preguntas tan cursis hace esta mujer. Ash, porqué no pudo decir simplemente que sí, aunque sepamos que no es cierto.
Lo tomó por el cuello y sin más le dio un beso largo y erótico. Los labios gruesos de Denise se veían tan suaves al unirlos con los de Alexander, que José se humedeció los suyos. Siempre supe que me amabas, lo sabía por la forma en la me mirabas. Apenas escuchó estas palabras Brenda volteó a ver a José, quien ya la miraba. Ahora no tenemos tiempo, pronto vendrán, debemos irnos por ese túnel.
Pensándolo bien es feo, ni se rasuró. Qué naca es Brenda. Y puso su mano en la rodilla de ella. Ambos miraron alrededor, la sala del cine estaba casi vacía, solo un par de personas más que se sentaron varias filas abajo de ellos. En realidad ninguno quería ver esa película, porque sabían que era mala, pero precisamente por eso decidieron entrar a la función. Cuando vieron la cartelera buscaron la opción menos popular. Brenda fue la primera en sugerir Amor oculto, y José aceptó pensando que Brenda en verdad tenía mal gusto. Pero aceptó tan natural y emocionado, que Brenda creyó que José era un estúpido. Ahora ambos se besan y él acaricia el muslo descubierto y suave, mientras ella siente con su mano el pectoral de José.
Cuando encendieron la luz de la sala aun se veía a Manuel despidiendo a Alexander y Denise mientras se alejaban en una limusina con latas amarradas a la defensa trasera.
Te amo. Y yo a ti. Desde la primera fiesta en la que coincidimos me pareciste sexy. Y tú siempre has sido tan inteligente…

junio 24, 2009

B

Le gustaba el vino tino, aunque no sabía mucho del tema. Prefería los vinos franceses porque había escuchado que eran los mejores. Los argentinos le parecían un tanto artificiales, sin personalidad. Los españoles le sabían secos. Y los mexicanos los bebía como agua avinagrada. Claro que todo esto, estas opiniones se las fijaba muchas veces a priori, sin probar los vinos.

Tenía sólo dos copas que únicamente usaba en compañía de Dolores, su novia mezcla de Oaxaca y Veracruz.

Ah, Dolores. Siempre tan liviana y tardía. Esperarla era un dulce martirio que aprovechaba para leer o escribir. Muchos de sus textos los empezó en la antesala de Dolores, en su presencia pasiva.

En realidad Manríquez era un terco, un necio inamovible, una garrapata que espera lo necesario hasta que su víctima pasa justo debajo y entonces salta. Así era Manríquez y se consideraba estoico por estúpido. Tengo la paciencia del vagabundo, se decía, es el tiempo de mi vida y lo gasto como se me plazca.

Sin embargo siempre era puntual. Es uno de mis defectos, reflexionó, porque en México nadie es puntual, todo mundo se cita a una hora pensando en que las personas lleguen a otra. En fiestas como los cumpleaños y bautizos, se les cita a las personas para que lleguen una o dos horas más tardes. Si vas a comer con alguien son de 15 a 30 minutos de retraso. Incluso en las escuelas y algunos trabajos la hora de entrada tiene tolerancia de hasta 10 minutos. Pero yo siempre estoy puntual. Siento que me sobra tiempo. Que voy delante de todos. Y por lo mismo odio cada vez que me hacer esperar más de lo que tenía previsto, porque entonces comienzo a perder tiempo, ya no voy delante sino que me rezago involuntariamente, caigo en un pantano de arenas movedizas que me atan al suelo, y me absorben desesperadamente.

Esperar, en México, es un juego de póquer, donde puedes armar tu jugada, prever posibilidades, medir riesgos, pero al final siempre se depende de la mano del otro.

junio 23, 2009

A

El viejo me dijo que escribía horriblemente. Que el realismo mágico ya era chicle masticado, que mis vulgaridades le recuerdan a Bukowski y que el hipertexto cortazariano era imperfecto en mis textos. Todo esto me recordó a Villoro, quien dijoe en cierta reflexión: La frase debería ser tan rara como la de un chef que dijera: "ese guiso es demasiado gastronómico".

Pinche gordo burgués, pensé. No sé por qué odio a los ricos, o a los que pretenden serlo vistiendo ropas de marca, malditos snobs. Creo que me irrita verlos en fotografías con sus caras de hipócrita preocupación cuando hacen campañas sociales. Se sorprenden tanto de la realidad a ras de suelo, de la pobreza de México, que solo evidencian su inconciencia social. Quieren ser amables, pero nos tratan con pinzas para no tocarnos. Se recubren de polietileno y ponen su sonrisa plástica para la Canon de la sección de sociales.

A mí me no venga a joder con eso de la escritura “correcta”. Me embota lo “correctamente literario”.
So retrógradas.

junio 22, 2009

Pensamientos de un oficinista

Me hace falta la verdad de la poesía, la certeza de lo abstracto, la solidez del surrealismo. Sólo me queda lo ambiguo de la realidad, me invaden el piso bajo mis pies y la silla donde tengo el culo. Me abruma la escritura correcta: impersonal, objetiva, clara y al punto.

¿Por qué no escribir que en el incendio quedaron 47 futuras flores que ya no serán nunca. Que en una entrevista tal candidato mintió al asegurar, hipócrita y cínicamente, que habrá seguridad?

Me hace falta la peripatética del soñador ambulante, no este glotón sedentarismo del oficinista-planta. No me hace falta ver la vida desde el sexto piso.

junio 17, 2009

UNO

Los carros pasaban por Reforma, dejando una estela sonora que se difuminaba en ecos eternos. Los tacones de algunos pasos despistados, enfundados en zapatos de piel, sonaban encharcados luego de la lluvia en la Ciudad de México. Las luces de una patrulla capitalina sobre la Guerrero llegaban al callejón, y lo pintaban todo de amarillo, azul y rojo. El chillido de un roedor. El goteo continuo desde los techos. El viento. La lluvia. Ecos. Luces. Frío.

Los sonidos se amontonaban como post-it uno sobre otro. No pasaban. No terminaban. Retumbaban infinitamente en la cabeza de un bulto que en posición fetal buscaba calor y paz; el calor de una mujer que ya no recuerda y la paz que nunca conoció.

Se sujetaba las rodillas con ambas manos, acurrucado sobre y debajo de cajas de cartón, en un rincón seco que encontró en la calle Sombreros. Hace bastante que no sabía de horas ni días. Sólo estaba seguro de que era muy noche y había muy poca gente.

Supo que no iba a descansar, otra vez. Comenzó a balancearse sobre su cadera con desesperación. Movía las piernas con ansiedad. Se tronó los dedos con angustia. Pasos, gotas, luces, carros, ratas. Todo lo tenía en su mente. Sabía con exactitud cuántos carros habían pasado por Reforma, cuántos hombres y cuántas mujeres por las calles aledañas, cuántas ratas había hurgando en la basura, tenía bien ubicado dónde estaban las goteras, y qué dirección llevaba la patrulla.

No aguantó más. No quería abrir los ojos pero no aguantó más. Se sacudió convulsivamente, lanzando los cartones lejos de él. Intentó levantarse mientras arrugaba los ojos de lo fuerte que los apretaba, para no abrirlos, pero perdió el equilibrio. Dio tres pasos tambaleantes. El ruido en su cabeza. Un mazo gigante le golpeaba intermitentemente. Con los brazos extendidos logró dar con una camioneta de los voceros de La Prensa. Su respiración era muy agitada y comenzaba a sudar. Alzó la cara al manto nocturno y abrió los ojos de golpe.

abril 30, 2009

ASALTO SEXUAL

Liliana cortó con su novio, seis años mayor a ella, hace ocho meses. La entrepierna le ardía lujuriosamente a los dos meses de soledad, por lo que se metió a practicar Kick boxing, para apaciguar las ansias su sexo, pues no creía en la masturbación. «Aunque no sea una cosa de fe, no creo», se decía, segura de que los hombres no eran necesarios para ninguna mujer.


***


Una señora de proporciones amplias hurgaba por todo el outlet, traía puesto un vestido floreado que le llegaba hasta los tobillos, tan guango que apenas se distinguían sus senos y el abdomen. Tomaba cualquier playera de los tubos empotrados en las paredes y sin quitarles los ganchos se las probaba por encimita a su hijo, quien visiblemente se mostraba avergonzado de que su madre, quince o veinte centímetros más alta, le comprara la ropa. «De veras Martín, no sé cómo te puede gustar esto. Mira nomás que colores, sólo hay en morado y amarillo –le decía a la vez que dejaba las playeras encima de los tubos que a la mitad de la tienda había, con más ropa colgada- Y estos dibujos tan feos, ay Dios, con calacas y cruces por todos lados. De veras Martín, no te entiendo. Tus compañeritos se van a seguir riendo de ti. Pero bueno, tú te vas a poner esta ropa».

En eso estaban, con la señora desacomodando media tienda y Martín tras de ella, con los ojos clavados en sus desvencijados Converse de botín negros, cuando la campanilla electrónica de la entrada sonó. Según los cálculos de Martín ya eras las tres, “lo que significa que…”, alzó la mirada hacia la puerta y vio entrar a Lina, con sus muslos duros metidos en las medias de algodón negras que le llegaban arriba de la rodilla, y una faldita roja a cuadros, tan corta que a cada paso se levantaba livianamente dejando ver su piel lisa y clara. Una blusa de licra torneaba su figura, terminando en ese escote pronunciado por donde asomaban unos senos aprisionados, firmes y prominentes. Sus labios pintados de negro y el piercing a un costado del labio le parecían a Martín especialmente sádicos. Notó que se acababa de teñir el cabello de rojo, y el sol que resaltaba en su omóplato izquierdo seguramente era nuevo, sin duda, porque aun estaba irritada la piel luego del tatuaje.

-Hola Clau, ¿cómo han estado las ventas hoy?
-Pues ya te has de imaginar, Lina –le dijo Claudia, poniéndose de puntitas para darle un beso por encima del aparador-, es mediados de quincena.
-Pffff… aburridísimo, de seguro. Pero no te preocupes, ya vine a tu rescate –dijo Lina acomodándose la falda con ayuda de las manos y un movimiento de caderas impresionante.

Lina pasó al otro lado del mostrador y antes de que su amiga abriera la caja para iniciar con el corte del turno, puso sobre el vidrio del mueble un paquete envuelto en papel estraza, decorado con un moño morado. ¡Lina, te acordaste!, le dijo Clau. Sonó la campanilla de la entrada, pero no prestaron atención. Claro que me acorde, no manches, si casi cumplimos años el mismo día. La madre de Martín lo jaló hacia ella al ver la pinta del que acababa de entrar. A ver, veamos que mamada me regalaste este año eh. Rompió el papel y sacó una blusa de Bershka, unos lentes oscuros imitación Dolce&Gabbana, y al final encontró un látigo de cuero y unas esposas de acero. Lina humedeció los labios y las dos rieron. Sonó de nuevo la campanilla, ambas miraron más por instinto, aun con resquicios de las carcajadas. «Por eso nadie compra en esta tienda –pensó la madre de Martín-, son… tan… locas». Vieron a un hombre joven común y corriente, que miraba a través de unos lentes tipo Woody Allen para todos lados, sin encontrar nada de su agrado. Pues felices veinticinco, Clau. Ay gracias, Lina, igualmente pero por adelantado eh, a ver si armamos algo el próximo viernes, ¿no?, para festejar juntas nuestro pinche cuarto de siglo. Lina echó a reír y le aseguró que harían algo ese día. Le tomó por la mano. ¿A qué hora entró ese?, preguntó Lina. Ni pinche idea eh, jamás lo había visto.

Era un hombre flaco y ya maduro, que con sus botas de suela de caucho lucía diez centímetros más alto de lo que era, aunque igual se jorobaba. Vestía de cuero y estoperoles. No lucía con mucho dinero pero igual tomó unas pulseras con picos, un cinturón de estoperoles, una cadena larga, con seguro para el cinturón de un lado y una argolla para llaves del otro, un chaleco de mezclilla y se dirigía hacia las playeras y camisetas.

Era una tienda que mezclaba a la vieja guardia del heavy metal, a los emo de playeras rosas y pantalones entubados, a los choppers y a los skatos. Pero generalmente nadie tenía dinero para pagar tantas cosas.

Qué pinche rara es la gente que viene aquí eh, dijo Claudia. Pues yo me echo a cualquiera, dijo Lina sin guiñar el ojo, a este nomás le quito los lentes y le pongo bisoñé y al otro le quito las botas, pero que se deje el cuero. Volvieron a reír. Pues ahí está tu noviecito eh, míralo, con su mamá. Las dos mimaron a Martín. Ay no, ¿la señora que desacomoda toda la tienda? Sí, ella misma, y ya es de tu turno. El de los lentes de pasta caminaba por los pasillos sin atender realmente la mercancía y sólo de vez en vez levantaba algo como para disimular. Voy a ver los tenis, le dijo Martín a su madre, mirando a Lina. Uh, ya te vio eh, le dijo Clau a Lina. El de los estoperoles ya había tomado también una camiseta toda agujereada, de las más caras. El de los lentes pasó de nuevo por el mismo pasillo y las miró. Clau y Lina se quedaron viendo la tienda. Algo pasaba. Varias veces cruzaron miradas con todos, hasta con la señora.

Se escuchó un sonido agudo y estridente que le arrancó un grito a la madre de Martín y unos brincos a Liliana y Claudia. En seguida se escucharon los pasos pesados del hombre de las botas de caucho, corriendo por toda la tienda hasta donde estaba Martín, quien a pesar de sus diecisiete años parecía no entender qué pasaba. Lo rodeó con sus brazos. Alguien más entraba a la tienda, así lo anunció la campanilla eléctrica, pero ante la escena no se atrevió a pasar y giró en redondo. Claudia quiso gritar, pero se tapó la boca con ambas manos.

¡Ay chamaquito, mira lo que haz hecho, es el colmo contigo!, le gritó a su hijo. No le pasó nada, señora, no se preocupe, le aseguró el hombre de caucho. ¿Pero qué pasó aquí?, dijo Lina saliendo de atrás del mostrador. Pues que este chamaquiiito es un travieso que no se sabe comportar, dijo la madre. El hombre estaba con una rodilla en el suelo y sostenía a Martín en sus brazos; le cayó el espejo que tenían allá arriba, explicó. Pobrecito, dijo Lina mientras se agachaba sin doblar las rodillas para tomarle la mano a Martín, quien pensó que era lo mejor que le había pasado en mucho tiempo y que eran unos estúpidos los que creían que romper un espejo era de mala suerte. El hombre de caucho no pudo evitar mirar las piernas de Lina, seguir el recorrido ascendente por los muslos cada vez más anchos, hasta ver cómo chocaban entre sí las piernas y la piel se deformaba en ese encuentro, de ahí seguir las prominentes caderas y la fina cintura hasta llegar al exorbitante escote lleno de carne, donde corroboró que no usaba bra. Lina se dio cuenta de ello y se agachó más para darle un beso en la mejilla a Martín, que sintió cómo lentamente se abultaba su pantalón. El hombre, al ver más al interior, también tuvo una erección. ¡No, nada de pobrecito, este chamaco va a pagar ese espejo!, dijo colérica la madre, cruzando desde su esquina hasta el centro, frente a la caja, donde estaban Lina, el hombre y Martín, que sentía un fresco húmedo en su nuca, sangraba levemente.

Así estaban cuando sonó la campanilla de la caja registradora, todos voltearon a donde estaba una Claudia pálida. ¡A ver hijos de su pinche madre, ya saben que hacer!, dijo el joven de los lentes estilo Woody Allen, a la vez que apuntaba para todos lados con un arma que bien podría pasar por una de juguete, pero que era lo suficientemente real como para paralizar a cualquiera. Inmediatamente la señora dio con el suelo al caer desmayada. Sólo así te callas, pensó el hombre de caucho mirando el bulto floreado sobre el piso. ¡No se muevan!, bueno sí, mejor pónganse de pié. En eso iban cuando cambió de opinión, mirando para todos lados. ¡No!, mejor quédense así, de rodillas. Obedecieron. ¡Y tú!, dijo apuntándole de nuevo a Claudia, ¿no has metido el dinero en la mochila?... ¡Chingá!, ¡por qué!, ¡por qué no me hacen caso!, dijo el asaltante a la vez que enfurecido rompía el vidrio del mostrador, pensando que había sido un buen golpe porque todos cerraron los ojos y Claudia reaccionó favorablemente. Gritó enfurecido. «Está nervioso», pensó Lina.

Martín ya estaba recostado en el suelo y el hombre vestido de cuero tenía los brazos levantados, mostrando sus manos limpias. «Marica, como todos», se dijo Lina. Despacio Claudia alzó la mira hasta donde estaba su amiga. Lina también la vio y en seguida miró al asaltante. El Asaltante que miraba a Claudia siguió el gesto y recibió de frente la mirada penetrante de Lina. ¡Rápido-hija-de-la-chingada!, le dijo a Claudia y con un cinturón le dio un latigazo en el brazo. Claudia lloraba pero terminó. ¿Es todo? Sí señor. ¡Segura! Sí, señor, segura, contestó Claudia sobándose el golpe y sin limpiarse el rímel corrido. El asaltante agarró la mochila y la revisó, le pareció bastante dinero, sonrió. Cuidadito y dicen algo, les advirtió con la respiración agitada y corrió hacia la salida. Al pasar junto a Lina ésta empujo al hombre de caucho -quien gritó espantado porque tenía los ojos cerrados- hacía el camino del asaltante, quien a pesar de alcanzar a darle un porrazo con el arma, fue tropezado. Lina, que tenía ambas rodillas en el suelo, se levantó de un movimiento y sin usar las manos. La madre de Martín pensó que era hora de dejar de fingir y con su bolsa, que nunca soltó, le dio un golpe a la mano de asaltante, provocando que el arma patinara lejos. Lina se acercó saltando al hombre de caucho que se mantenía boca abajo y con las manos en la nuca, sobándose del golpe. Menos ágil y ya sin lentes, el joven asaltante se levantó, miró a Lina y luego la salida. «Pinche puto», pensó Lina al darse cuenta que quería huir, pero se le anticipó y bailando en puntas se le acercó más, hasta que el asaltante intentó golpearla con la mochila. Ella esquivó el golpe con pequeño saltillo lateral, que a la vez le sirvió de impulso para sacar una patada desde atrás que impactó con todo a un costado del abdomen del hombre. Con un giro inverso soltó otra patada. El hombre se había doblado. Ella seguía bailando como en un ring. Martín, desde el suelo, sólo veía el trasero firme y la pequeña braga que con cada patada Lina dejaba ver. El asaltante, desesperado por su inferioridad, se le lanzó con los brazos extendidos a la cintura de Lina, apostando a ganarle por peso. Lina alcanzó a alzar una pierna.

La señora sólo miró cómo los dos cuerpos prensados caían hacia donde estaba su hijo. Al abrir sus ojos, Martín se dio cuenta que inexplicablemente tenía una mano bajo la falda de Lina y sus narices metidas entre los senos, mas suaves de lo que parecían y con los pezones duros. Lina empujó a un lado al asaltante, que había quedado noqueado luego del rodillazo, y en seguida le quitó suavemente la manó a Martín, quien visiblemente estaba excitado y asustado a la vez. Lina se levantó, subió sus medias, bajó la falda y estiró la blusa de lycra. La señora jaló a su hijo y huyeron casi corriendo. ¿Estás bien, Lina?, le preguntó su amiga. Sí, sólo me duele un poco la rodilla, contestó mientras se revisaba la zona. Luego pateó al hombre de los estoperoles, que seguía bocabajo y le dijo que dejara todo y se marchara. Él no quiso mirarla a los ojos y salió con el rabo entre las patas. Déjame ver esa rodilla, dijo Clau y se acercó con un gesto en la cara como tratando de enfocar bien la vista. No es nada, no te preocupes, éste wey ya estuvo, mejor ve a tu casa y descansa, le dijo Lina a Clau. Pero… Pero nada Clau, insistió Lina, mañana hacemos cuentas. ¿Y tú?, le preguntó su amiga visiblemente preocupada por el cuerpo del delincuente. No te preocupes, sólo déjame tus esposas y el látigo, por si despierta, yo ahorita le marco a la policía y cierro la tienda, mintió. Okey, dijo Clau, conociendo bien la terquedad de su amiga, tomando su abrigo, te cuidas Lina. Y se marchó.
***
Por la bodega de atrás pasaban algunos tubos de agua. La luz estaba apagada.

Poco a poco el asaltante volvía en sí, hasta que el frío en su espalda y nalgas lo hizo querer incorporarse. La realidad fue perturbadora: 1) estaba acostado, con los brazos extendidos sobre su cabeza y con las manos esposadas a un tubo, 2) estaba desnudo. Pataleó desesperadamente y notó que las piernas también estaban amarradas. ¡Lo siento, yo no quería… lo siento!, le suplicó con un sollozo a la oscuridad. Una lámpara apareció justo frente a sus ojos, cegándolo.

¿Sabes? –le dijo al oído una voz seductora, como tratando que las palabras acariciaran su falo- en mi casa siempre me dijeron que era preferible que una mujer lo hiciera con un caballo antes que masturbarse, así era mi madre, le gustaba decir cosas fuertes para que se me quedaran grabadas, y lo consiguió, por eso no creo en la masturbación –unas manos acariciaron sus pectorales y presionaron con suavidad su pezón-. Y aunque no eres un caballo… -las manos bajaron por el abdomen- no estás nada mal –la luz de la lámpara se extinguió.

-¿Qué me vas hacer? –preguntó con más miedo que ganas.
-Nada que no quieras, Víctor –contestó la misma voz.
-¿Víctor?
-Sí, de alguna manera te tengo que llamar ¿no?, y a mi me gusta el nombre de Víctor.

En seguida Víctor sintió un beso en el vientre que primero lo espantó, luego le hizo cosquillas, después lo excitó y al final lo espantó más. La caricia labial se prolongó unos segundos. Luego sintió su pene húmedo y una caricia carnosa y de gamuza que lo envolvía incesantemente. Su cuerpo reaccionó instintivamente, pero cuando analizó la situación le dio miedo. Vamos papi, ¿qué te pasa?, preguntó la voz, ¿no te gusto?

Encendió la luz. Ahí estaba Lina, descalza y sin medias. Con su pequeña falta y la blusa negra. ¿Quieres agua?, le preguntó y le acercó un vaso con popote. Él bebió, mirándose flácido. ¿Quieres que llame a la policía?, preguntó Lina. No, por favor, mi novia está embarazada y me necesita. ¿Por eso robas tiendas? Era mi primera vez. Tocaron en la puerta de la tienda. Lina fue y en menos de cinco minutos ya estaba de regreso en la bodega. Debes tener hambre, le dijo acercándole una rebanada de pizza para que la mordiera. Luego se levantó la blusa, dejando ver sus senos contonearse. Se untó una rebana y lo obligó a lamerla, dándole unos latigazos cada vez que se detenía. Ella divirtiéndose. En una de esas Víctor miró junto a unas ropas una caja abierta de pastillas color azul, con la leyenda: VIAGRA. Sintió que tenía una erección. Él no quería, pero ella lo tuvo para sí toda la tarde, la noche y parte de la mañana. Le dio de beber cerveza y no durmió.

¡Ya, por favor!, pidió piedad. No, Víctor, si todo lo has hacho muy bien, dijo Lina con la cara colorada. Pero me duele, dijo él con lágrimas en los ojos mientras ella, dándole la espalda, se montaba de nuevo y comenzaba con los movimientos en forma de ocho, tomándolo por los tobillos y a veces saltando. Me quema, se quejó con la mandíbula bien apretada. Pero ella continuó y continuó… y continuó.

Al siguiente día le dio de comer el resto de la pizza, le regaló unas bermudas de mezclilla, le dio dinero y dejó que se fuera. Ella estaba agotada, pero satisfecha.


***


Esa misma tarde fue a levantar la denuncia. En el MP no le creyeron, pero por puro morbo, y una apuesta de por medio, iniciaron la averiguación. A ver, aquí está, le dijeron en el careo, ¿es o no es? Claro que es, no me joda, contestó y el policía le dijo al oído con voz amenazante: no me hables así. Lina estaba muy sorprendida, «pinche puto», pensó.

¿Usted es Liliana Crisóstomo? Sí. ¿25 años, soltera y tiene una tienda de ropa? Sí. ¿Reconoce a Fernando González? Sí, él fue quien… ¡Sólo responda lo que yo le diga!, ¿El señor González estuvo ayer en su tienda? Sí. ¿Usted lo esposó en la bodega? Sí (dijo Lina ya muy preocupada). ¿Y… usted… ya sabe… usted se lo cogió? (preguntó el policía con evidente asombro, mirándola de pies a cabeza, con respectivas pausas en los muslos y senos). Sí (contestó Lina cabizbaja. El policía no supo qué decir, entonces ella aprovechó), pero él quería asaltar la tienda con un arma. ¡Qué! (dijo golpeando la mesa y mirando con más asombro a Fernando), pues señorita Liliana, déjeme decirle que está acusada de abuso sexual, el señor González presenta varias laceraciones es sus genitales y usted acaba de confesar. Pero usé lubricante (se disculpó Lina y luego de una pausa continuó); pues yo quiero acusarlo por asalto a mano armada, tengo el arma del crimen y por lo menos tres testigos.


***

MUJER FRUSTRA ASALTO… ¡Y VIOLA AL AGRESOR!

  • Hombre intentó asaltar una tienda de ropa, pero fue sometido sexualmente por la vendedora.
  • Ambos levantan denuncias por sus respectivos delitos
  • “Ambos podrían terminar en la cárcel”: Juez